¿Sabes? Este lugar solía tener estrellas.
Recuerdo la forma en cómo iluminaban el cielo. Una eterna y majestuosa pintura de amarillos, blancos y azules. Una luz bellísima en la eterna oscuridad. Podría contemplarla durante horas, tumbado en la suave arena mientras me dormía. Y al despertar también las veía.
En la Tierra, las estrellas son gigantescas esferas llameantes de hidrógeno y helio, objetos científicos que dieron al universo destellos de color. En la Tierra, las estrellas no tienen alma. Pero aquí no. Aquí tenían vida. Esto lo sé. Podía sentirla brillar sobre mí al encontrarme con sus miradas, la forma en que me daban calor. La forma en que me daban vida. Y si escuchaba con atención, casi podía oírlas susurrar los secretos del cosmos.
Su luz me guió, de alguna manera. Nos guiaron a todos, como ovejas perdidas en un bosque. Me hicieron sentir… más. Nos iluminaron con algo que nunca habíamos encontrado en nosotros mismos.
Yo era el más pequeño de la camada, una mota de polvo que lo soplaba el viento. Vagué por estas tierras, inseguro de mi destino. Las estrellas me sostuvieron la mano cuando estaba en mi peor momento, una generosidad que solo podía soñar con devolver.
Las estrellas eran mi vida.
Recuerdo el día que se desvanecieron. Se repite en mi mente con la misma claridad como días que ya no existen.
Los observé mientras se desvanecían, como los últimos alientos de un animal moribundo. Uno por uno, se desvanecieron de mi vida, y lenta pero seguramente, fuimos sumergidos en un mundo sin luz. Podía sentir cómo sus espíritus se desvanecían en la nada, reemplazadas solo por el silencio perforante de un cielo devastado.
La gente entró en pánico. Era difícil no hacerlo. Habíamos oído las noticias de los reinos exteriores, pero aún así era inconcebible como una posibilidad aquí. Después de todo, ya era de noche, ¿no? Seguramente los destellos en el cielo aún quedarían contra el caos, ¿no? Esperábamos que las estrellas fueran lo suficientemente fuertes. Lo suficientemente fuertes como para luchar contra la oscuridad furiosa, como siempre lo habían hecho.
Y aún así, ninguna cantidad de esperanza las trajo de regreso.
No sé cuánto tiempo nos quedamos mirando el cielo moribundo en un silencio drenante. Podría haber sido para siempre. No estoy seguro el por qué.
Fue entonces cuando la primera estrella cayó del cielo.
Al principio era imperceptible, apenas una mota en la oscuridad que se cernía sobre ella, iluminada solo por la luz fantasmal de las pocas estrellas restantes. Ningún fuego envolvía su forma, ni siquiera una sola chispa iluminaba su superficie. Pero luego se acercaba, y más, y más.
Y una gigantesca cáscara de luz estelar rompió la superficie del océano en una ensordecedora explosión de agua. La primera de las estrellas muertas se hundió en las profundidades de un océano donde ni siquiera los peces se atreven a nadar, para nunca más ser vista. Podía oír los gritos de quienes me rodeaban cuando la primera ola rompió la orilla y desató su furia. Fui suertudo, muy suertudo, de tener la oportunidad de correr, de recibir un último aliento de vida gracias a la última luz de las estrellas.
Y así que corrí.
Y corrí, corrí y corrí. Corrí tan rápido como mis extremidades me permitieron. No sé adónde, no sé cuánto tiempo, pero corrí, corrí y corrí. Hasta un lugar seguro, un lugar donde pudiera alejarme de todo, lejos de la condenación de mi hogar.
No pude ver nada esa noche. Ni un solo fotón cayó sobre mis pupilas. Pero podía oírlo todo. Oír cada roca al levantarse, cada grito que perforaba atraves de la oscuridad. Pero nada de eso importaba. No podía hacer nada por ellos.
Así que corrí.
Y corrí.
Y corrí. Y me arrastré hasta un pequeño agujero en el límite de la nada, demasiado indefenso y demasiado asustado. Un lugar seguro, un lugar silencioso. Un lugar donde pueda pretender que nada de ello estaba pasando. Me enterré en un lugar tan oscuro y profundo que ni siquiera los espíritus de los muertos podrían encontrarme. Un lugar donde nada pasaba y nada importaba.
No sé qué día fue cuando por fin me arrastré afuera de allí. El aroma de la naturaleza rozó mis fosas nasales una vez más, como siempre durante años. Pero esta vez, no lo acompañó ninguna luz.
Para entonces ni siquiera sabía dónde estaba, pero el sonido de mi respiración finalmente dejaba de resonar en mis oídos. Así que simplemente caminé. Caminé y esperé que mi gente siguiera viva o que el mar también me llevara. Caminé hacia la oscuridad, siempre y cuando mis pies me llevaran a algún lugar. En realidad, no importaba adónde. En el fondo, sé que esperé que la luz volviera. Todavía la espero.
Y sin embargo, nunca llegaron. Así que seguí caminando. Hacia las profundidades de mi consciencia, sin propósito, sin dirección, solo. No quedaba nada más que hacer.
Pero por un momento me detuve en seco — no todo estaba muerto. Se oía un lento ruido susurrante proveniente de algún lugar en aquella oscuridad. Rozaba el aire con la cadencia de hojas anchas cargadas de rocío matutino. La ráfaga se abrió paso y rozó las puntas de mi cabello con un silbido agudo. Había probablemente algún insecto en él, en alguna parte, piando al balancearse con la brisa. Al principio, silencio, luego la escena fue recibida con más de sus parientes animados. Di otro paso adelante. La sensación de hierba suave y fresca crujió suavemente bajo mis pies.
Miré al cielo. Nada. Ninguna estrella había regresado, y quizás nunca lo hagan. Pero yo estaba vivo. Y la isla también lo estaba.
Las estrellas nos dieron felicidad, esperanza y vida. Y luego las estrellas desaparecieron. Pero nada de eso nos lo arrebataron cuando se fueron. Todavía la isla prosperó bajo la luz de las estrellas que ya no existían.
Nos dejaron lo último de su luz con nosotros. Para seguir adelante sin ellas.
Al finalmente acercarme a la orilla, pude oír los sonidos de una bandada de aves marinas volando sobre mí, fuertes y vigorosas, mientras se zambullían en el mar y hacia su presa con un chapoteo. Siguieron como siempre, como siempre lo hacían.
Tomé un respiro hondo, del agua salada del mar arrastrada por la brisa marina, de la arena de la playa y las piedras rotas. De mi hogar.
Y podía oír, en la distancia, las llamadas de gente viva y respirando corriendo por la orilla. Las llamadas de mi gente.
NIVEL
288
DIFICULTAD SUPERVIVENCIA
CLASE 0
Salida: 0/5
Salida Asegurada
Ambiente: 0/5
Sin Riesgos Ambientales
Entidades: 0/5
Sin Entidades Hostiles
El Nivel 288 es un pequeño espacio pintoresco cerca de los límites de la realidad global. Es también otro nivel que ha caído en la maldición del Apagón.
Una isla moderadamente grande se yergue solitaria en la muerte de una noche eterna, con vistas a un vasto océano de tamaño inmensurablemente grande y profundo. A un lado se encuentra una amplia playa de arena, habitada por una fauna escurridiza y restos de árboles costeros. El resto de la isla se eleva hasta una colina de 200 metros de altura, terminando en un acantilado en el extremo opuesto. A pesar de la falta de luz, un bosque escaso pero frondoso y campos ocupan su superficie, bendecidos con fruta fresca y el aroma de las florecientes flores.
El mar que rodea la única tierra del nivel es una estructura tranquila. Ninguna tempestad azota su superficie, y las olas siempre son bajas e inofensivas. Un próspero ecosistema de peces, algas y corales se encuentra en las aguas poco profundas rodeando la isla.
Los residentes del nivel dicen que una plétora de estrellas salpicaba el cielo, antes de la oscuridad. Las llamaban estrellas, pero su verdadera naturaleza es un misterio, realmente. Dicen que las estrellas les hablaban, los guiaban. Dicen que cayeron al océano como cáscaras sin luz cuando ocurrió el Apagón. Pero nada de eso realmente importa ya, no con las estrellas desaparecidas.
La isla tiene una población bastante pequeña pero activa de personas. Ahora aprovechan al máximo lo que tienen. Reconstruidos tras la catástrofe que azotó su hogar, aún les queda esperanza, o quizás perseverancia. O ambas.
A pesar de todo, la vida continúa en el Nivel 288.
No diría que las cosas han sido exactamente fáciles. Nadie lo hubiera esperado. Si soy sincero, todavía es un poco incómodo pensar en todo ello. Logramos limpiar la mayoría del desastre, pero eso nos dejó con una pizarra en blanco, y diría que perdimos más cosas de las que a la mayoría nos gustaría admitir, incluso a nosotros mismos. Pero quizás no es lo peor del mundo. Esta cosa… fuera lo que fuese, nos acercó más unos a los otros, como mínimo. Nos enseñó a cómo confiar el uno del otro.
Es un poco raro tener que memorizar dónde está todo tan específicamente. Supongo que puso toda esa memoria muscular a un buen uso. Intentamos establecer rutas más claras, y la gente también ha empezado a poner un montón de pequeños "puntos de referencia" improvisados para ayudarnos a saber dónde estamos. Al principio lo encontré bastante deprimente, que necesitáramos estas cosas en absoluto para solamente movernos, pero hoy… no lo sé, creo que le da mucha vida al lugar. Puedes distinguir quién hizo cada uno, quién hizo cada cambio, quién grabó las letras en sus superficies.
¿Sabes? La playa ya no es más aterradora. Puedo sentir la arena bajo mis pies otra vez.
Hay una genial sensación en el aire hoy. Lo suficientemente genial para una caminata.
Construyeron una especie de ayuntamiento a media colina. No es muy grande — llego al techo de ambos pisos con las manos —, pero todo lo demás está aquí, y cumple su trabajo. De todas formas, no es como si nadie lo pudiera ve. La gente se reúne allí a veces para hablar, comer, reír. Y a veces simplemente para estar juntos. Asegurarse mutuamente que ninguno de nosotros está solo.
Como mínimo, podemos ciertamente oírlo. Hay una gran campana encima. Suena al menos una vez al día, y es audible desde casi toda la isla. Tal vez sea molesto para algunos, pero para mí, es un recordatorio de que la oscuridad no significa muerte. La vida sigue aquí, y aún podemos oír su melodía.
Sostuve la mano de alguien hoy. Fue suave y cálida. Viva. Como yo.
Puede que la oscuridad haya apagado la luz de las estrellas, pero no apagará la mía.


